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domingo, 3 de julio de 2011

La herencia De las Casas

Por Pío Moa.

Según ella, la conquista y colonización de América y otras tierras fue un inmenso genocidio, mucho más sangriento y masivo que cualesquiera crímenes similares perpetrados antes o después en el mundo entero. Desde luego, las conquistas y contiendas españolas no fueron trabajo de monjitas, pero de ahí a la famosa leyenda media un gran trecho. Al supuesto legendario se añadió, durante el siglo XVIII, el de que España no habría significado casi nada para la civilización, especialmente en el pensamiento y la ciencia. El Siglo de Oro –mal llamado así desde este punto de vista– habría consistido esencialmente en barbarie y matanzas perpetradas contra europeos, americanos, filipinos y otros. Si bien, por fortuna, las víctimas terminaron por ajustar cuentas al país opresor, inquisitorial y oscurantista, reduciéndolo a la impotencia.

No conviene caer en paranoias. Al lado de estas tiradas, encontramos en otros países europeos y en Usa actitudes mucho más ponderadas y apreciativas. Es más, a menudo han sido estudiosos extranjeros quienes han sacado a la luz logros históricos españoles que habían permanecido menospreciados u ocultos para los propios hispanos; aparte de que cada país tiene también sus leyendas negras, mejor o peor justificadas. No obstante, en el caso español ha prevalecido la propaganda denigratoria con una intensidad excepcional, y los estereotipos difundidos en el exterior han terminado por ser aceptados con más o menos amplitud en la misma España.

Ya durante la Ilustración empezaron a circular los estereotipos propagandísticos. Al principio se aceptaba la excelencia del siglo XVI, al contrario que la del XVII, pero pronto el primero fue englobado en la descalificación. Según Feijoo, "los conquistadores llenaron España de riquezas después de inundar América de sangre", como si de un país inundado de sangre pudiera sacarse alguna riqueza, aparte el botín del primer momento; y Cadalso, aunque muy patriota, acusaba a los Austrias, bajo los cuales alcanzó España su hegemonía y mayor brillo cultural, de derrochar la fuerza del país en empresas absurdas y contrarias a los intereses españoles. Muchos recursos debía de tener la nación para durar tanto tiempo semejante derroche. Comenzaba la interiorización de la Leyenda negra, que llegaría a su ápice en el siglo XX, reforzada por el marxismo. Gran parte de las glorias del Siglo de Oro habrían consistido realmente en crímenes horrendos, de los que debíamos avergonzarnos, como afirmaban algunos gobernantes de la I República.

Bartolomé de las Casas.En Nueva historia de España he tratado este problema con cierta extensión, porque está en la base de muchas actitudes y políticas fallidas que han condicionado la historia de nuestro país en los últimos dos siglos, y ahora mismo la involución política a manos del PSOE. Julián Marías señaló agudamente el defecto decisivo de los socialistas: tenían una visión negativa de nuestra historia.

Como es sabido, la fuente de todos estos despropósitos no se halla en los protestantes ni en Francia, sino en la misma España, y destacadamente en Bartolomé de las Casas, cuya delirante Brevísima relación de la destrucción de las Indias he examinado en la estela crítica de Menéndez Pidal, uno de nuestros mejores historiadores de cualquier época. La obra de Las Casas es disparatada desde sus descripciones de aquellas tierras a sus estimaciones demográficas, pasando por la atribución que hace a los españoles de unas masacres que no han sido posibles ni en el siglo XX, con organizaciones muchísimo más nutridas y tecnificadas. Sin embargo, o quizá precisamente por tales exageraciones que desafían al sentido común, la obra de Las Casas ha sido difundidísima en Europa, e interesadamente creída. De ellas se nutre también de uno de los mitos más dañinos de los últimos dos siglos, el del buen salvaje, criadero de utopías, es decir, de totalitarismos. De ahí surgió asimismo el odio fanático de los llamados libertadores de América hacia los españoles –siéndolo ellos mismos–, acompañado de su pretensión de ser los representantes de las culturas prehispánicas, lo cual, por cierto, no llamó a engaño a los indios, que los conocían bien y simpatizaron con España, incluso lucharon activamente a su favor, por lo que fueron masacrados sin contemplaciones.

No puede criticarse demasiado a Las Casas por lo que escribió, pues sus efectos habrían sido mínimos si hubiera prevalecido hacia su obra una actitud racional. Pero no ha sido así. La veneración por el desbocado fraile tiene un aspecto psicológico: creer en la maldad sin límites del contrario suele resultar moralmente reconfortante y justificador de las propias acciones, máxime si intervienen en la creencia intereses prácticos. De ahí la tendencia a mantener el mito y a descalificar a cuantos lo pongan en duda. No puede extrañar que el historiador stalinista Tuñón de Lara considerase a Las Casas la auténtica gloria de España, frente a quienes expandieron nuestra cultura por el orbe (expansión de la que el mismo Tuñón no tenía reparo en beneficiarse). Esta apreciación ha cundido igualmente en la derecha. Y la percibimos en los Fidel Castro, Chávez y numerosos dictadores latinoamericanos, cuya obsesión ha sido largo tiempo desespañolizarse (como indica el espurio término Latinoamérica, promovido por Francia y aceptado con fervor).

La denigración insistente de la obra de España implica el supuesto de que los denigradores representan una alternativa ética y política muy superior, pero la experiencia histórica indica algo muy diferente. Lo cual no extrañará mucho, habida cuenta de que sus actitudes se apoyan en una enorme distorsión de la historia.

domingo, 19 de junio de 2011

El arcabuz

La tercera parte de cada compañía de un Tercio estaba formada por los arcabuceros. Los arcabuceros de Carlos V pusieron fin a los dos modelos que hasta entonces habían dominado los escenarios europeos: la caballería noble francesa y los piqueros suizos, inaugurando el siglo de oro de los tercios. El emperador, agradecido, afirmó que:

“La suma de sus guerras era puesta en las mechas encendidas de sus arcabuceros españoles y que en lo más arduo de sus dificultades y combates, aunque sólo se viese rodeado de cuatro o cinco mil se consideraba por completo invencible, y arriesgaba, únicamente sobre el valor de ellos, su persona y su imperio y todos sus bienes”

Refiriéndose que el servicio de la arcabucería era de gran importancia y que con sólo ella muchas veces se había alcanzado la victoria.

En principio, el arcabuz estaba formado por un cañón, montado sobre un afuste de madera de un metro, aligerado hacia la boca de fuego y reforzado en la parte de la recámara, de modo que no hubiera peligro de estallido o sobrecalentamiento. La carga de pólvora estaba más o menos dosificada, y se disparaban balas de plomo cuyo peso era variable, ya que se las fabricaba cada arcabucero. Debían tener un cañón de una longitud cuatro palmos y medio de vara, y del calibre necesario para arrojar una pelota de, según el modelo, una onza o tres cuartos. Convenía que se dejasen sin bruñir, “para que no reluzca”, lo que les haría más visibles a distancia. Su alcance se situaba en torno a los cincuenta metros, aunque habitualmente se empleaban entre los quince y los veinte. No eran muy eficaces más allá de los veinticinco o treinta metros. Había arcabuceros que para tirar se metían casi debajo de las picas enemigas. El duque de Alba consideraba que a más de dos picas de distancia servían de poco y mandaba “que las primeras salvas, que suelen ser las mejores, se guardasen para de cerca”. Ello se debía a que cargar el arma era de por sí una operación compleja. Si se hacía en la excitación del combate, los riesgos de cometer algún error en las complicadas operaciones eran aún mayores, por lo que se pensaba que era más fiable un arcabuz cargado antes de que empezara la batalla.

Se recomendaba que la culata fuese recta, pero también las había curvadas, lo que dificultaba la puntería, que en ese caso se hacía apoyando el arma sobre el pecho, no en el hombro.

El procedimiento para usar el arma era el siguiente. En primer lugar, se echaba pólvora al cañón, y luego la bala. El conjunto se atacaba con la baqueta, inicialmente llevada sólo por los cabos, pero después por todos los hombres. Ésta era de madera al principio hasta que se generalizó el metal, siendo frágil. A continuación, se apretaba el gatillo, que hacía que la llave, llamada de serpentina, aplicara la mecha encendida a la cazoleta llena de pólvora. Ésta, al arder, incendiaba la que el soldado había introducido antes en el cañón, lanzándola. Posteriormente se adoptarían los cartuchos, que contenían tanto la pólvora necesaria para un disparo como el proyectil, lo que permitió aumentar la rapidez del tiro. Lo habitual era cargar el arma con media onza de pólvora y medir “con el segundo dedo de la mano derecha”, la longitud de la mecha que se ponía en el serpentín.

La munición se llevaba en una bolsa, aunque en combate el arcabucero acostumbraba a meterse un par de balas en la boca para cargar más deprisa, y la pólvora en dos frascos de distinto tamaño. El mayor, para alimentar el arma, el pequeño, para cebar la cazoleta. También podía ir repartida en saquetes colgados de una bandolera, los “doce apóstoles”, cada uno de los cuales contenía la necesaria para un tiro. El hombre se convertía de esta manera en un polvorín andante. no eran raros los accidentes que se saldaban con soldados literalmente volados o con quemaduras fatales provocadas por la ignición del material inflamable que llevaban encima.

El equipo o recado del arcabucero se completaba con un molde para fundir las balas. El soldado debía ser capaz, en caso necesario, de trenzar el mismo la cuerda. Naturalmente, al ser armas de mecha no se podían utilizar en tiempo lluvioso o de mucho viento, a la vez que de noche descubrían al tirador.

Otro de los inconvenientes de los arcabuces era su bajísima cadencia de fuego. Para acelerarla, a veces los soldados intentaban acortar el proceso de la carga, por ejemplo, no utilizando la baqueta, pero entonces, al no estar la pólvora suficientemente comprimida, el disparo perdía eficacia. Esta práctica, a pesar de ello, se mantendría mientras duraron las armas de avancarga. Si los arcabuces se disparaban con demasiada frecuencia en un corto espacio de tiempo, se recalentaban rápidamente, lo que también afectaba a su eficacia. Como cualquier otra arma, tenían su propío ritmo, y este era lento, se hiciera lo que se hiciera.

Todas estas limitaciones dictaban las condiciones de su empleo. por una parte, hacían aconsejable, sobretodo en terreno abierto, que no se utilizasen demasiado alejados de alguna fuerza dotada de armas de asta, alabardas o picas. De esta manera se intentaba proteger a los arcabuceros de un ataque de la caballería mientras cargaban sus armas, cuando se encontraban indefensos. De ahí que fuese recomendable, que las compañía de esta especialidad incorporaran alabarderos.

El arcabuz se adaptaba perfectamente a algunas de las características que se atribuían a los españoles. era una arma idónea para hombres de no gran estatura, nervudos y ágiles y se utilizaba sobre todo en despliegues relativamente abiertos y en destacamentos, golpes de mano, sorpresas y emboscadas, lo que requería iniciativa individual. Por estas razones se consideraba a los españoles los mejores arcabuceros.

Alcance eficaz: 25 metros.
Alcance máximo: 50 metros.
Cadencia de fuego: un disparo cada dos minutos.